El dolor: de la tortura a la meditación

Posted on 3 abril, 2011 por

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Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior.  Así es como definen dolor.  Siempre las consecuencias, nunca las causas.  Es que a la sociedad le gusta el dolor, el primitivismo de la tortura.

Pero como no se han preguntado lo que verdaderamente es de su gusto, ese sentimiento que pueda sufrir el humano se apodera de él.  Cuando hablamos de apoderarse, hablamos de esclavizarse, y cuando hablamos de esclavitud, quien está detrás, es la mente; la mente por medio de la sociedad, la sociedad por medio de la mente etc., etc.

Y las ciencias y artes, en medio de todo esto, nutriendo a las mentes a pensar y a los cuerpos a esa esclavitud, unos entrando en el eterno camino de la eterna pregunta, y los otros quedándose en el camino de quienes labraron su camino.  Y es que la mente no está para autodestruirse por su mal uso o para pudrirse por su desuso.  La mente es para el humano, como el instinto para el animal: su supervivencia.

Pero es que para sobrevivir habrá que pensar por qué “sobrevivir”, con lo que la eterna pregunta tiene eterno final en la mente, pero no en el entendimiento de la mente, de su conexión con la materia y de su conexión con el pensar, yendo “más allá” de los físico; es la causa, no la consecuencia.

¿Y las causas del dolor, entonces?  Éste no es más que una alarma estimulada por el cerebro por medio de sus receptores.  Así que si hay algo, es que la mente tiene problemas.

¿Y la causa de ese problema?  Pues si el estado natural de la mente es un proceso estructurado de lo que recibe a través del filtro de las emociones, puede ser que alguien nos esté vendiendo un filtro sustitutorio donde lo único que tiene de cierto es la etiqueta.  Y como consecuencia: estructuras perversamente instauradas que sustituyen lo que es cierto, tan sólo localizables si se trata de conocer nuestro origen, nuestro verdadero deseo.  Si ello no es controlado, manipulan la mente hasta el punto de recrear inciertas emociones, que no sólo marcan los acontecimientos del individuo, sino sus gustos, preferencias, personalidad y actuaciones.

¿Y que ocurre entonces?  Que todo ello se torna en un canal completamente abierto a la fragilidad, donde lo que te rodea es lo que condiciona tu carácter, no al revés.  Este sería entonces, el comienzo de un dolor psicológico persistente, provocado por una represión del yo interior, que creemos que desarrollamos, pero en realidad ni conocemos.

De esta forma, es ahora cuando tendría sentido adjuntar la definición del comienzo.  Si la mente es canalizada dentro un mundo irreal, el cuerpo sigue a su “maestro”.   Y digo maestro, porque en este caso, la mente no tiene intenciones de adjuntarse al envoltorio, sino manifestar sus ideales y manipularlo.  Así que el cuerpo se ata de imágenes como cadenas, de instintos como animales; peso y más peso mental que daña al cuerpo, no sólo propio, sino ajeno.  De ahí, que la tortura, en mayor o menor grado, excite a la población, de forma más sutil, pero en la misma línea que aquellos del medievo.

Sin embargo, no todo daño al cuerpo es por causas injustificadas.  En el mundo del faquir, por ejemplo, el cuerpo es el ejemplo de “fragilidad” puesto que la mente es quien le controla.  Estas técnicas de imposición son utilizadas ya no sólo para demostrar la fuerza que se puede poseer desde ese origen, sino, para entrenarse (los que no son meros shows).

El problema aparece sin embargo de nuevo.  Y es que todo esto acaba por convertirse en otra atracción, en otra perversión, pues el método empleado para superar el dolor en estas situaciones, no es más que una meditación interior.  Esto significa que cuando se controla, no es necesaria ni la prueba, ni la deformación del cuerpo, tan sólo una mente poderosa, que no sólo tiene conocimiento de lo que sería realizable, sino de lo que realiza día a día con su natural entrenamiento.


 

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