La transformación del mito

Posted on 4 marzo, 2011 por

1




Hace años, si alguien te preguntaba por las características y los poderes sobrenaturales de un vampiro, no cabía la menor duda: pálidos, colmillos afilados, duermen de día y matan de noche, se alimentan de sangre humana, pueden cambiar de forma, se les mata con una estaca,… etc. Pues bien, gracias a las decenas de nuevas sagas literarias y series de televisión, los chupasangres ahora son buenos, no duermen, brillan a la luz del sol, su sangre cura las heridas, mueren con el mordisco de un licántropo y, así, numerosas nuevas cualidades a las que nos estamos acostumbrando. Pero, ¿era necesario tanto cambio? ¿O simplemente es la evolución natural del mito?

Lo que no ha cambiado con los años es que siguen siendo pálidos y mortecinos. Además, son extremadamente fuertes y rápidos, pueden hipnotizar tan solo mirándote a los ojos y no pueden entrar en recintos a menos que sean invitados. Pero lo más destacable es que siguen alimentándose de sangre, aunque ya no es necesario matar o herir de gravedad a alguien. Lo vimos primero en El señor de las tinieblas, donde Nick Knight, arrepentido de todas las atrocidades cometidas en 800 años, decide redimirse y no volver a beber sangre humana. Posteriormente, en Buffy, la cazavampiros y, su spin-off, Ángel, el protagonista robaba bolsas de sangre de los hospitales, cosa que también hacía Mick St. John en Moonlight. Recientemente, los no-muertos de Crepúsculo y uno de los hermanos de Crónicas vampíricas beben sangre animal.

Pero lo más llamativo de todo es la sangre sintética de True Blood, la bebida que da nombre a la serie que en España han bautizado como Sangre Fresca (Cuatro emite la segunda temporada los miércoles a las 00:30h). En dicha producción, los vampiros y los humanos conviven en aparente harmonía, en parte, gracias a la bebida que les aparta de la necesidad de beber sangre humana. Pero en esta serie destacan algunas otras curiosidades: cuando un vampiro llora, llora sangre; necesitan dormir en contacto con la tierra, situación parecida al Drácula de Bram Stocker y a los numerosos precedentes de Murnau y compañía, que necesitaban hacerlo en tierra natal. Los clásicos dormían en ataúdes, los contemporáneos ya no. De hecho, algunos ni tienen esa necesidad.

Asimismo, sienten lo que le sucede a alguien al que hayan mordido y su sangre cura a los humanos. Eso no es nuevo. En los últimos años, esa característica es creciente pero en las películas en blanco y negro no se hacía mención alguna. Y no solo eso. La estaca en el corazón ya no mata, solo paraliza. Para acabar con un chupasangres hay que cortarle la cabeza y quemar el cuerpo sino, vuelven a regenerarse. Tampoco sirve exponerles a la luz del sol: Ángel, Mick St. John y los hermanos Salvatore llevan anillos protectores y, los vampiros creados por Stephenie Meyer, son inmunes y, además, brillan. En la única serie reciente en la que vimos que los vampiros solo salían al anochecer era en la canadiense Blood Ties, (Hijos de la noche en España).

Una forma de herirles es utilizando balas, dagas o espadas de plata, pero tampoco acaban con ellos. En cuanto al crucifijo y el agua bendita, nada de nada. Por lo visto, es algo que se ha incluido al mezclarse el mito con la religión, pero son solo curiosidades históricas carentes de poder. Las leyendas folclóricas también señalan la verbena como protector: de hecho, Stefan Salvatore le regala un colgante relleno de esta planta a su novia, para protegerla del resto de vampiros. Y, una vez muertos, cada serie o libro lo representa de una forma: en Buffy se convertían en polvo al instante. También sucedía en Underworld y en Entrevista con el vampiro. En Crepúsculo quedan petrificados, en Crónicas Vampíricas se secan y, si nos retrotraemos a los vampiros de Abierto hasta el amanecer, se fundían, salpicando carne y sangre por doquier, parecido a lo que ocurre ahora en True Blood, donde explotan emulando a los vampiros de Blade.

Hay muchos más detalles, nuevos hallazgos o nuevas versiones que podríamos describir: algunos se reflejan en espejos y otros no; algunos se transforman en monstruos y otros sencillamente cambian ligeramente su rostro. Lo que está claro es que por mucho tiempo que pase, el vampiro sigue y seguirá siendo objeto de culto, de fascinación entre los jóvenes y no tan jóvenes. Los cambios o las distintas versiones solo tratan de seguir ahondando en su figura, dando giros inesperados de guión para poder satisfacer a los amantes del género de terror, aunque cada vez den menos miedo. Lo importante es que sigan entre nosotros, buenos o malos.

Anuncios